Lo más conveniente es elegir los ejercicios según tres cosas: dificultad, frecuencia en el examen y tu nivel real en cada tema. Si estás corto de tiempo, no te sirve hacer una mezcla al azar. Conviene empezar por los temas que más se repiten en los exámenes de tu curso y, dentro de ellos, por los ejercicios básicos que te ayudan a fijar conceptos. Por ejemplo, si tu profesor suele tomar célula, genética y ecología, esos tres deberían ir primero antes que un tema muy específico que aparece una sola vez al año.
También es útil separar los ejercicios por tipo. En biología no es lo mismo definir partes de una célula que resolver cruces genéticos o interpretar cadenas alimentarias. Si te cuesta memorizar, arranca con ejercicios de identificación y relación: organelos, funciones, niveles de organización, clasificación de seres vivos. Si ya manejas esa base, pasa a los ejercicios de aplicación, como resolver problemas de herencia, interpretar gráficos de población o analizar adaptaciones. Esa secuencia te evita frustrarte con ejercicios demasiado pesados desde el inicio.
Otro criterio práctico es elegir primero los ejercicios que mezclan contenido y razonamiento. Un ejercicio de genética, por ejemplo, puede pedirte tanto conocer dominancia como aplicar proporciones. Esos valen más que repetir diez preguntas casi idénticas. Si haces uno bueno y lo corriges bien, aprendes más que resolviendo muchos sin entender los errores. Yo recomendaría trabajar así: primero 5 o 6 ejercicios cortos de cada tema, luego 2 o 3 más completos, y al final una tanda de repaso solo con los fallos.
Si estás preparando un examen concreto, revisa los exámenes anteriores o los temas que el profesor recalca en clase. Eso te da una pista muy clara. Muchas veces hay temas que parecen grandes, pero en realidad solo preguntan lo mismo con palabras distintas. En biología pasa muchísimo con fotosíntesis, mitosis, meiosis, tejidos y ecosistemas. Elegir ejercicios de esos bloques te rinde bastante.
Lo mejor es no estudiar por “cantidad de ejercicios”, sino por utilidad. Prioriza los temas que más puntaje pueden darte, los que más se repiten y los que peor llevas. Y cuando termines cada bloque, corrige con calma: anota por qué fallaste, qué concepto confundiste y qué palabra clave debías reconocer. Esa revisión es la que realmente sube nota.